Obras
Para Los Animales
Para Los Animales / Pinturas / 2021
Algo animal viene del fango. Fango que es voluntad pictórica, contorsión de fuego y pliegues de caverna. Gesto- lodo, gesto- chispa. Lisandro Arévalo escarba, traza, revuelve, invoca, se predispone al hallazgo en una arqueología de cosas vivas. Se revelan entonces escamas de pez litoraleño, lunares, estrías, agallas, pezuñas, caparazones y en esos sitios la acción del artista se ralentiza para narrar, la fábula se superpone a la vorágine de una materialidad rupestre. El arúspice (del indoeuropeo ghere “entraña” y del latín inspicio “examino”) era un adivino etrusco que examinaba el aspecto de las entrañas de un animal sacrificado para obtener presagios. Seguía el principio del microcosmos y macrocosmos: lo que acontece abajo es un reflejo de lo que sucede arriba. El sacerdote observaba el tamaño, la forma, el color, los signos anómalos de ciertos órganos, generalmente el hígado, el corazón y los intestinos. Auscultaba la llama que se levantaba de la carne cociéndose, si era clara y tenía fuerza, si era pura y transparente, sin mezcla de humo, si era roja o negra, si temblaba demasiado o era tranquila, si era de forma piramidal o se abría en abanico. Del análisis surgía la predisposición al buen augurio o la catástrofe. En las pinturas y dibujos de Arévalo, los animales son a veces el arúspice: contemplan el revoltijo -color hígado, sangre entumecida, musgo pálido, gris piedra, carbón áspero- y mantienen una distancia absorta, disociada, como quien es testigo involuntario de algo que lo excede, pero permanece fijo a fin de señalarlo y oficiar de portavoz. Otras veces enloquecen, y se parecen un poco a los bichos de Melé Bruniard, enclenques, simpáticos y reticulados. Entablan relación con una hoja de lechuga, una brizna de hierba, una piedra, en una afinidad de uno a uno, morfológica y temperamental. Ocasionalmente se ponen de acuerdo varios bichos y uno sobre otro improvisan un tótem que fuga hacia la noche. Vampirismo coloquial, ritual de urbe zoomorfa, el trabajo de Arévalo goza de una oscuridad graciosa. En el medioevo tardío, las danzas macabras popularizaron una relación burlesca con la finitud, así los seres humanos eran invitados por la muerte, personificada en esqueleto, a bailotear alrededor de la tumba. La danza -y el movimiento-, eran entonces la antesala de la inmovilidad eterna. Es un asunto regional, la relación del río y su manera de orillar, lo que deja y arrastra, el flujo y lo barroso, que los animales sean mulitas, ñandúes, murciélagos, caracoles, tapires, búhos y dorados, que no haya un cielo-agua-tierra, sino mezcla de las franjas, zonas de comunión, mezclas y más mezclas donde se leerá la suerte o el destino. La pintura de Arévalo es un asunto regional. Pero también, la singularidad de una región, su folclore y su idiosincrasia, es correlato del universo. Y como en las entrañas de los animales, los detalles explican y organizan acontecimientos que exceden la lógica humana.
Verónica Gómez

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