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Dioses / Retablo
Retablo / Políptico de 7 partes / Acrílico sobre madera
Lecciones dibujadas
La intermitencia de la imagen - discontinua nos remite a las luciérnagas, desde luego:
luz pulsante, pasajera, frágil.
(Georges Didi-Huberman, Supervivencia de las luciérnagas
Lo no humano irrumpe en la noche. Irrumpe en el sueño, en el vacío, en el espacio que deja liberado lo
humano al replegarse. El espacio, en estas nuevas pinturas de Lisandro Arévalo, es resuelto mediante un
plano negro de fondo. Las figuras son blancas, flotantes. El planteo técnico era simple: tiza sobre pizarrón,
escribir o dibujar sobre un plano. Pero la historia de la pintura y la del cine les han enseñado a nuestra
mirada que donde dice plano negro debe leerse espacio no iluminado. Lo invisible acecha en los resquicios
de lo subexpuesto. Ante lo negro, la mirada educada en el ver se carga de sospecha y paranoia: ¿qué habrá
ahí donde no veo? Si el interior holandés debía mostrarlo todo, cada detalle del mundo material, bajo una
luz divinamente omnisciente, el animismo post-antropoceno de Lisandro Arévalo convoca espíritus y
animales vislumbrados, surgidos de la más pura oscuridad. Es como si el ojo avanzara por el bosque con
una linterna, alumbrando mínimas regiones a su paso con la pálida luz de un celular. O como si se hubieran
apagado todas las luces y una visión se manifestara, en la incertidumbre de no saber si eso que se presenta
ante nosotros es mundo o mente, o si existe aún alguna dualidad entre ambos. La verdad de estas
apariciones no se encuentra en la posibilidad de su materia sino en la patencia de lo contemplado. Es en
la oscuridad donde brillan las luciérnagas, siempre huidizas, siempre imprevistas, siempre nómades y
fugaces. Un faro las mataría, dice Didi-Huberman que dijo Pasolini en 1975. El ver que importa es
intermitente, de a chispazos. Los videntes tienen sus visiones al filo de la ceguera. Para “ver”, los chamanes
se vendan los ojos, se ponen antifaces. Así descienden en espíritu a las profundidades del inframundo, en
el que las energías de lo vivo se alumbran con su propia luz como peces abisales. Las criaturas que pueblan
estas pinturas habitan un umbral híbrido entre vivos y muertos, entre naturaleza e imaginación, entendida
esta última como una forma de conocimiento. Si en pleno siglo de las luces Fuseli pintó al inolvidable cuco
de la parálisis del sueño invadiendo un interior en La pesadilla, ahora en plena crisis causada por un
enemigo biológico invisible la pesadilla devino mundo. Y es aquí y ahora, y también a futuro, donde estas
lecciones dibujadas en un pizarrón (cuya blancura parece continuar aquellas intervenciones sobre
vidrieras del Proyecto cal en 2012) vienen a decirnos que nada muere, que el fin de un mundo es el
comienzo de otro, tan nuevo como antiguo.
Beatriz Vignoli
Junio 2020

Retablo completo en obra / pandemia 2020
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Retablo completo
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Huye la luna / pintura acrílica sobre madera / 170 x 174 cm / 2020
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Huye la luna / pintura acrílica sobre madera / detalle / 2020
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Huye la luna / pintura acrílica sobre madera / detalle / 2020
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Huye la luna / pintura acrílica sobre madera / detalle / 2020
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Siesta / pintura acrílica sobre madera / 2020
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Siesta / pintura acrílica sobre madera / detalle / 2020
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Danza / pintura acrílica sobre madera / 84 x 120 cm / 2020
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Danza / pintura acrílica sobre madera / detalle / 2020
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Amigos 1 / Pintura acrílica sobre madera entelada / 30 x 40 cm / 2020
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Pintura acrílica sobre madera entelada / 30 x 40 cm / 2020
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Amigos 2 / Pintura acrílica sobre madera entelada / 24 x 30 cm / 2020
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Amigos 3 / Pintura acrílica sobre madera entelada / 24 x 30 cm / 2020
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Bocetos / Lápiz sobre papel
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Bocetos / Lápiz sobre papel
Un sexto sentido para la vida
Hace dos años en Parque España, el centro cultural que habita la vieja aduana rosarina, la dupla Castiñeira-Comba
organizó la muestra colectiva Do it. Una muestra concebida a través de consignas e instrucciones generadas por
artistas de todo el mundo que recopiló y puso en marcha Hans Ulrich Obrist en el sitio E-flux. En ese entonces,
Lisandro Arévalo tomó el guante y al hacerlo, tomó la consigna del mítico John Baldessari que trataba ni más ni
menos que de ¡matar un bicho!. En la muestra, dentro de una caja de vidrio cuidadosamente cerrada un montón
de caracoles se paseaban por encima de otro montón de restos y compostaje. El público podía ver la acción de
los insectos, las estelas que dejan al andar, su lento transcurrir y pensar en ese otro tiempo, fractal animal
habitado por intuiciones diferentes a las nuestras. Esa obra se llamó Como matar un bicho (no los quise
matar) dando cuenta del respeto del artista por lo vivo y también, de su particular sentido del humor.
Algunos años antes, Lisandro se paseaba en bicicleta a toda velocidad dentro de un mameluco blanco munido de
un palo de escobillón y en su punta un rodillo. No iba sólo sino con muchos otros compinches (también en bici
con palos, pinturas y brochas) que lo acompañaban en la particular tarea de pintar a la cal vidrieras de Rosario y
de otras latitudes (viajó a Brasil y a Colombia también). Proyecto Cal es una suerte de work in progress infinito
porque el artista toma eso que tantas veces sucede por costumbre, locales que cambian de rubro para lo cual
pintan de blanco sus vidrios, y utiliza ese soporte como puntapié para potenciar el dibujo como instante
expresivo. En estos trabajos, la dinámica es muy veloz y exige pintar los vidrios, ser espontáneos pero también
ser sensibles a los dibujos de los demás y por último, dejarse llevar, digámoslo llanamente: pasarla bien. Tal vez
por eso este proyecto resultó ser una herramienta tan buena para generar lazos, es decir que algunas personas
confíen en otras.
Cal es un proyecto amorfo, expansivo, indeterminado y lleno de vida, como la caja de los caracoles, nos desafía
a aceptar el arte como un espacio de vitalidad, de encuentro más que como algo terminado. En este misterioso
2020 de introspección y resguardo mutuo, Lisandro estuvo abocado a realizar un retablo, género que proviene
de la antigüedad, momento en el cual la Iglesia confiaba en artistas la necesidad de contar su historia a través de
imágenes. Por supuesto, esta tarea implicaba una pedagogía y, a la vez, una bajada ideológica determinada.
El retablo a la manera de Lisandro consiste en una serie de maderas cuyo fondo no es paisaje ni plegaria, están
pintadas de negro y de ellas emergen una serie de intrigantes animales y personas. O dada su peculiar fisonomía
tal vez sea mejor hablar de animales-personas y de paso los respetamos un poco más, ¿no? Una jirafa, un pez,
una lagartija o una tortuga. El personaje central de esta saga es una figura antropomórfica con alas de murciélago
que le salen de la cabeza. Hablo con Lisandro: me cuenta que esta figura no es nueva sino que vuelve, es
recurrente. Si alguna vez estuvieron en Rosario sabrán que los niños y niñas de comunidades QOM se acercan a
las mesas de café ofreciendo unas simpáticas lechucitas. Lisandro tomó una de estas lechucitas y con arcilla le
dio el cuerpo de una persona y en la cabeza le puso alas nuevas. La mirada se conserva tal cual la pintaron las
familias QOM y es una mirada cautivadora porque cuenta algo difícil de poner en palabras.
Este acercamiento pictórico y un poco mágico me trae a la mente las pinturas de Henri Rousseau donde la
naturaleza se ofrece a través del pincel como algo tierno o también a las lunas enormes que José Cuneo pintó
del otro lado del Río de la Plata. Es esa capacidad de dotar a la naturaleza de una fuerza e intensidad pictórica y
a la vez, de cierta suavidad que dé cuenta de lo vulnerable que es nuestro orden. ¡Buenas noticias! Del ensamble
de la lechuza nació una nueva sensibilidad, inspirada en el saber ancestral de una cultura originaria y en la acción
tenaz de un artista que cuando camina, cuando crea y cuando ama lo hace todo junto. Lo hace por gusto y lo
hace, también, porque se sabe partícipe de un todo mucho muchísimo más grande que él.
Leopoldo Estol
Junio, 2020