Obras
El sueño de la dermis
El sueño de la dermis / 2014
Instalación / Esculturas
Huesos de animales, brea, hierro y HCCA
Instalación medidas aproximadas 6m x 3m x 2,5m de alto
El Sueño de la dermis fue presentada en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, en mayo de 2014, en la exhibición colectiva VOLUNTAD TERRÍCOLA curada por Carlos Herrera y Leopoldo Estol que reunió obras de Belen Romero Gunset, Tobias Dirty y Lisandro Arévalo. Organiza EGGO Feria de Arte. Mayo 2014
El cuerpo de esta obra está diseccionado.
El hombre, la voluntad y la locura están sobre la mesa.
El sueño de la dermis, trata de voces, de bilis y de sangre. La voluntad en este proyecto está discutida por simbiontes, por interacciones biológicas que extrañan al hombre en fragmentos de hombre.
La materialidad viene de la vida y de la muerte, de la viscosidad y del control.
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Texto de sala
VOLUNTAD TERRÍCOLA
Intuir el mundo real en el presente es ardua tarea.
Pensar e intuir son acciones que pueden parecerse, en tantas actividades de la mente. Sin embargo, hay pistas concretas de que pensar articula, mientras que la intuición necesita un componente de sueño -factor imprescindible- para llegar a buen puerto.
Cuando lo racional y lo irracional hacen un cortocircuito, nosotros lo percibimos a veces como arte y otras veces como barbarie. El vecino maldice que siempre le pase lo mismo, el chofer del colectivo apurado repite su recorrido al borde de olvidar que todas esas personas son personas, un artista se abstrae momentáneamente: ¿será ésto estar inspirados? Los niños miran el mundo con ojos de “todavía no”, de “aún falta” y el sueño se confunde. De repente suena el despertador.
Con pigmentos que sacó de unas frutas y sangre proveniente de la pata de un animal, el hombre de las cavernas dibuja a lo largo de anchísimos muros lo que hoy consideramos parte de nuestra historia, un residuo temporal que acusa lo más primario de nuestro ser, un registro caduco y gastado de la representación humana que funciona como una red que atrapa imágenes, deseos y miedos por igual. Cuando el resto de los cavernícolas ven los dibujos, se sorprenden y se excitan.
Unos cuantos años después, se multiplican por las regiones del mundo relatos que cuentan, y exageran logros pero también carcomen de culpa a la gente. Los religiosos enseñan y exigen una vida de disciplina en donde triunfar muchas veces significa ser paciente, moderado y tolerante con el otro. Un sinfín de interpretaciones sobre las conductas del hombre se abren frente a nosotros como si un actor tuviese que elegir un solo personaje a quién destinar todas sus representaciones. Y ése personaje es Dios y nosotros lo amamos. Se respira una supuesta armonía. Es entonces que las utopías han quedado en cajones, son sueños imposibles de lograr, están cajoneadas y censuradas por nosotros mismos. Todos esperan que el reloj de las diez pero no se percatan de que el reloj hace años que dejó de dar la hora.
Un fotógrafo que supo llegar hasta ése extremo recóndito y castigado de un continente pobre, registra un momento crucial en la vida de un niño que de tan flaco parece un montón de huesos y sin fuerzas pareciera dar sus últimos suspiros contra la tierra. Un buitre de gran porte a metros del niño cuenta en segundos el fin de la humanidad, una batalla perdida entre los hombres. Una realidad tan deformada y monstruosa que al ser retratada –el fotógrafo presiona el botón y estallan nuestras mentes dejándonos lejos, muy lejos, el uno del otro, fragmentadas con la mente llena de humo, de pus, de gangrena y los ojos haciendo fuerza para salirse del cráneo… hasta que lo logran.
Entonces “el arte” pareciera hacer de las construcciones racionales e irracionales un lugar donde dejar manifiesto nuestras experiencias mentales más o menos abstractas, un lugar donde la posibilidad de pensar conceptos intuitivamente es posible. Un lugar donde la manifestación artística es una pregunta que tiene muchas respuestas o ninguna, un lugar donde todo puede estar más o menos mal o más o menos bien, un lugar donde el juzgamiento queda, por un instante, fuera de lugar.
Leopoldo Estol y Carlos Herrera